La novela semanal que te va a enganchar
Jesús, 47 años.
«No busco nada… excepto a quien merezca todo».
Debería haber deducido que, con esa frase en su perfil de Tinder, mi primera cita en este tipo de apps no tendría buen pronóstico.
Me llamo Amanda y llevo más de un año divorciada, tiempo más que razonable para volver a la vida amorosa, según mis amigas. Aunque yo, oyéndolas a ellas hablar de sus citas no tenía muy claro que eso fuera una buena idea.
Jesús tenía una foto aceptable. Él de perfil, jugando con las sombras. O lo que es lo mismo, una silueta en la que no se apreciaba su cara. Detrás de él, un salto de agua precioso y bien iluminado. Al menos parecía un tío atlético y con pelo… y no es que yo fuera buscando a Ken –no me parezco en nada a Barbie–, pero para la primera cita quería a alguien “guapo” según mis estándares personales.
Fue mi amiga Marga quien deslizó hacia la derecha.
—Tiene buena pinta. Para lo que es, ya te vale —dijo.
—¿Y para qué es? —pregunté, temiendo la respuesta.
—Para f*llar es más que suficiente —añadió Lili.
—Pero… yo aún no he llegado a ese punto de ir tan a saco. Yo quiero una cita normal, tomar algo, una charla entretenida…
—Amanda, cariño —me cortó Marga usando un tono condescendiente—. No te hemos abierto un perfil en una app de citas para que encuentres el amor, sino para darle una alegría al cuerpo.
El sonido notificando el match me sorprendió más a mí que a ellas.
—¡Ay, madre! ¿Le gusto? —grité entre asustada y emocionada.
Varios pitidos anunciaron la llegada de mensajes. Marga cogió el móvil y leyó en voz alta:
”Hola, preciosa. ¿Serás tú la que merece todo? ¿Quieres que lo comprobemos? ¿Unos vinos hoy a las siete?”
Mientras yo negaba de forma enérgica con la cabeza, Marga empezó a escribir y Lili a leer:
"Por supuesto. Me muero de ganas por saber qué es lo que me merezco, guiño, guiño. ¿Conoces El Rincón, en la esquina de la plaza? A las siete nos vemos”.
—¿Pero cómo le pones eso? —chillé, escandalizada.
—Tienes dos horas hasta tu cita —dijo Marga, entregándome mi teléfono—. Yo de ti me depilaba.
Y mientras mis amigas se reían, contentas ante mi primera cita, yo aún pensaba si lanzarse a este mundo desconocido para mí iba a ser buena idea.
01
Carlos, 45 años.
«Padre de dos. Me gusta el cine, caminar sin prisas y las buenas conversaciones».
Después de la cita con Jesús, pocas ganas me quedaron de volver a repetir con nadie más. Para no dejarse ver en su foto de perfil, Jesús resultó ser un tío guapo. Lástima que también resultó ser un gilipollas que nada más acabar su copa de vino me dijo que yo lo que me merecía era tener su cuerpo entre mis piernas. Usé el clásico truco de la llamada de emergencia. Marga y Lili estaban en la barra. No quisieron perderse mi primera vez, y al ver mi cara de terror, Lili no dudó en llamarme.
—¿Qué? —grité—. ¿Urgencias? ¿Pero qué ha pasado?
Y sin dar muchas más explicaciones salí corriendo de El Rincón sin mirar atrás.
Al no dejar el control a mis amigas, con Carlos la cosa ha ido más lenta. Hicimos match y hablamos por el chat de la aplicación. Me dio buenas vibras. Parecía un tío majo. Divorciado, hijos de edad parecida a la de los míos, gustos afines, quizá nombró a su ex más de lo esperado. Pero a estas alturas, todos llevamos a la espalda una mochila bien cargada.
Estuvimos varios días hablando por el chat antes de quedar en persona. Fue él quien planeó la cita. Cine en el centro comercial, sesión de las 18:00h.
Dudé por unos segundos. Las chicas tampoco creían que ver una peli fuera un buen plan:
—¿Un cine como primera cita? —dijo Lili.
—Eso estaba bien con quince años, que ibas a meterte mano con el noviete de turno, ¿pero ahora? —añadió Marga.
—Bueno, Carlos es muy cinéfilo. Hemos hablado mucho de pelis estos días —dije, intentando justificar su elección.
Llegué al cine a la hora indicada y esperé junto a la puerta con el móvil en la mano. Vibró una notificación. Chat de Tinder. Carlos.
“Te veo. Ya estoy dentro. Compra tú tu entrada. Sala tres. Yo tengo fila nueve, asiento diez”.
Vale que yo no estaba nada puesta en esto de las citas pero ¿era normal que si uno de los dos proponía ir al cine el otro se pagara su entrada? No es que esperara que me invitara, pero aquello sonó más a trámite que a cita. Como había aceptado venir, pagué mi entrada pidiendo un asiento junto al de Carlos.
—Perdona… ¿Qué peli es? —pregunté al taquillero.
—Titanic. Edición especial en 3D.
Respiré hondo, no sé si estaba preparada para chocar con un iceberg aquella tarde.
—¿Lista para sufrir con Jack y Rose? —dijo Carlos cuando llegué a él, demasiado emocionado.
—David Cameron nos hizo sufrir sin necesidad. Jack cabía en la tabla —contesté intentando sonar graciosa.
—Vamos, Amanda. Pensaba que tenías más capacidad de síntesis que un simple “Jack cabía en la tabla” —añadió con un tufillo a superioridad que no me gustó nada—. Estamos ante una obra maestra, una epopeya espectacular y absorbente. Cameron hizo historia y tú solo lo resumes en una frase estúpida.
Lo miré fijamente, rompí mi entrada en pequeños trozos de papel y me giré hacia la puerta. Salí sin decirle nada. Entré en la app y lo bloqueé. Definitivamente no tenía la tarde para chocar con icebergs.
02
Héctor, 46 años.
«Trabajo en mí cada día. Yoga, meditación y relaciones conscientes. Si no sabes lo que quieres, no es aquí».
Después de Carlos y el iceberg, me prometí a mí misma no volver a quedar con nadie en unas semanas. Pero ahí estaba Héctor, mirándome desde la pantalla con barba cuidada, camiseta estrecha y sonrisa amplia. Y una bio que casi me olía a palo santo.
—Este es peligrosísimo —dijo Lili nada más verlo.
Héctor no propuso una copa. Ni un café. Propuso yoga.
—Este te quiere poner mirando a Cuenca —añadió Marga, quitándome el teléfono–. Mira que te dice: yoga al aire libre. Sábado por la mañana. Conexión cuerpo-mente.
Acepté porque, a esas alturas, ya estaba en una fase vital en la que pensaba que quizá el problema era yo y mi falta de apertura espiritual, por decirlo de forma fina.
La clase era en un parque. Gente vestida de colores sosos tiraba sus esterillas sobre el verde césped en silencio. Héctor me saludó con un beso en la mejilla y una sonrisa rara al ver que, al quitarme la sudadera, mi camiseta era rosa fluorescente y mis leggings eran azul eléctrico. Yo parecía una caja de plastidecores entre aquella gente.
—Respira —me dijo, como si yo no llevara respirando cuarenta y tantos años.
Nos colocamos uno al lado del otro. Lia, la instructora, habló de fluir, de soltar, de escuchar al cuerpo. Yo escuchaba al mío con cierta inquietud. El bocadillo de sardinas que había desayunado no era muy compatible con posiciones invertidas.
Pero allí estábamos. Silencio sepulcral. Solo la voz calmada de Lia. Respiraciones profundas. Y entonces sonó. Clarísimo. Breve. Traicionero.
Abrí los ojos despacio, con cierta vergüenza. Antes de que pudiera procesar nada, Héctor se llevó la mano al abdomen y dijo, en voz suficientemente alta:
—Uy… —mirándome—. No pasa nada. Estas cosas pasan cuando uno no conecta bien con su centro.
Sentí cómo varias cabezas se giraban hacia mí. Lia sonrió con condescendencia mientras alguien carraspeó.
Yo no dije nada. No podía. Me limité a sonreír levemente, como si acabara de aceptar una culpa ancestral.
La clase continuó. Yo ya no.
—¿Qué hizo qué? —gritó Marga en la oficina, el lunes por la mañana, cuando les explicaba mi cita.
—Que se tiró un pedo y me lo endosó —resumí—. En silencio. Con mucha paz interior, el muy… Llegué a casa y lo bloqueé.
Lili apoyó el café en la mesa, intentando no reírse.
Fue entonces cuando lo vimos. Al fondo de la sala. Traje impecable. Camisa clara.
No hablaba con nadie. No miraba a nadie en concreto. Simplemente estaba.
—¿Ese quién es? —susurró Lili.
—Uno de los nuevos jefes de la planta tres —aclaró Marga.
Levantó la vista un segundo. Nuestros ojos se cruzaron fugazmente. No sonrió.
Solo volvió a desaparecer pasillo abajo.
—En fin… —añadió Lili—. Tú ahora céntrate en recuperarte del trauma yogui.
Asentí.
Y confirmé una cosa: si alguien necesita meditar tanto para ser buena persona, probablemente no lo sea.
03
Óscar, 46 años.
«Divorciado hace unos años. Me gusta cocinar, salir a cenar y descubrir restaurantes nuevos. También valoro mucho poder desconectar y tener momentos de calma».
Esta vez fue Lili quien escogió. La verdad es que el perfil era bastante normal, algo a agradecer.
Óscar había propuesto quedar en un café nuevo del centro. «Moderno, tranquilo, buen ambiente», y tenía razón en todo.
El sitio era de esos en los que todo parece pensado para salir bien en Instagram.
Óscar ya estaba allí cuando llegué. Se levantó al verme. Alto, guapo, sonrisa bonita, camisa bien planchada, aspecto cuidado sin parecer que lo había intentado demasiado.
—Amanda, ¿no?
—Sí —respondí—. Óscar, supongo.
Se rió. Bien. Punto positivo.
Nos sentamos junto a una ventana. Pedimos dos cafés y algo para acompañar.
La conversación fluyó sin esfuerzo. Óscar hablaba de su trabajo sin que sonara a queja, mencionó a sus hijos con naturalidad, preguntó por mí sin interrogar, y en general tenía ese equilibrio exacto entre interés y tranquilidad que no se fuerza.
Y entonces ocurrió.
Óscar se llevó la mano a la oreja de forma casi automática, como quien se recoloca las gafas o se rasca sin pensar. Solo que, al apartarse la mano, lo vi.
Un pequeño… algo. No era dramático. Pero estaba ahí.
Un pelito rebelde, más largo que el resto, saliendo de la parte superior de la oreja, ligeramente curvado, como si hubiera decidido independizarse del conjunto.
Mi cerebro lo registró en bucle.
Pelo. Oreja. Movimiento. Pelo.
Intenté seguir escuchando lo que decía, pero ya era tarde. Cada vez que Óscar gesticulaba, aquel pelo parecía cobrar vida propia, balanceándose con una autonomía inquietante.
—¿Estás bien? —me preguntó, al notar mi leve desconexión.
—Sí, sí… perdona, me he quedado pensando en… —hice una pausa demasiado larga— el café.
Mentí mal. Muy mal. A partir de ese momento, no pude dejar de mirarlo.
Óscar seguía hablando, completamente ajeno a que su oreja había pasado a ser el centro de mi universo. Yo asentía, sonreía, incluso reía en los momentos adecuados… pero por dentro estaba atrapada en una lucha absurda entre la educación y la fijación visual.
—Amanda —dijo al final, apoyando los codos en la mesa—. Me ha gustado conocerte.
Tragué saliva.
—Sí… a mí también.
Y era cierto.
Pero mientras él sonreía con normalidad, yo solo podía pensar en que, si aquello avanzaba, en algún momento tendría que acostumbrarme a convivir con… eso.
Salí del café con decepción.
Esta vez no había habido icebergs, ni pedos. Solo un pelito.
Y, por alguna razón, eso había sido suficiente.
Bloqueé el contacto más tarde, ya en casa.
«Definitivamente, esto de las citas no está hecho para personas observadoras», pensé.
Y, aun así, volví a abrir la app. Porque una nunca aprende a la primera.
04
Javier, 49 años.
«Divorciado. Vivo entre el trabajo y mis perras, pero saco tiempo para mí: crossfit, algo de lectura y viajar cuando se puede. No busco prisas, prefiero ir con calma».
Con Javier no hubo drama. Y quizá por eso, tampoco hubo historia.
Quedamos el viernes en un bar tranquilo cerca de la oficina, para hacer un tardeo. Llegó puntual. Vestía una camisa clara que combinada con su gesto amable. Mantuvimos una conversación correcta. Hablamos de trabajo, de libros, de rutinas que se repiten entre semana y planes que nunca terminan de concretarse.
—Es difícil sacar tiempo para todo —dijo él.
Asentí.
No hubo silencios incómodos ni momentos brillantes. Tampoco chispas, ni tensión, ni esa sensación de que algo inesperado pudiera ocurrir en cualquier segundo.
Vamos, que ni fu ni fa. Al menos agradecí que no hubiera ventosidades ni vellos rebeldes.
Pagamos a medias, nos despedimos con dos besos educados y cada uno por su lado.
Salí con la sensación de haber asistido a una reunión más que a una cita.
Y, por alguna razón, eso me dejó más inquieta que los desastres anteriores.
***
El lunes la oficina olía a café recién hecho y a inicio de semana. Mis amigas ya estaban en su sitio cuando llegué.
—Necesito café —dije sin saludar.
—Necesitamos café —puntualizó Marga—. Pero sobre todo necesitas una vida amorosa. Así dejarías de traer esa cara de sota cada lunes.
—Cinco citas y ni un triste beso. Empiezo a pensar que el problema eres tú —matizó Lili.
No tuve tiempo de responder.
Desde el pasillo, un pequeño murmullo distinto al habitual anunciaba movimiento. Un par de personas hablaban en voz más baja de lo normal. El ambiente era tenso.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Marga hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta de cristal.
—Ha entrado el nuevo jefe de la planta tres, ¿lo recuerdas?
¿Estaba de broma? Cómo olvidarlo.
Entonces lo vi otra vez. De pie, junto a una mesa, hablando con alguien del equipo con naturalidad. Traje impecable, postura relajada, gesto atento.
Era extraño cómo siendo tan imponente, no imponía. No necesitaba hacerlo. Simplemente ocupaba el espacio con una calma que llamaba la atención sin pedirla.
Fui al office a buscar un café. Mientras se calentaba la cafetera aproveché para ordenar la mesa auxiliar: reponer una de las cestas con más cápsulas, y de paso rellené otra con azúcar y sacarina.
—¿Café? —preguntó una voz detrás de mí.
Me giré. El jefe guapo estaba junto a la Nespresso. De cerca, quizá sí imponía un poco.
—Sí… gracias —respondí.
Asintió, colocó dos tazas y presionó el botón. Yo me quede a su lado con una de las cestas en las manos. En ese momento vino a mi mente la frase: «He traído una sandía». Porque me sentía igual de alelada que Baby frente a Johnny Castle.
—Amanda, ¿no? —preguntó.
—Sí —y aluciné al comprobar que sabía mi nombre.
—Gabriel, encantado.
Me tendió la mano, y yo se la estreché con poca gracia.
—Bienvenido a la empresa —añadí, por decir algo.
—Gracias —respondió.
Cogió su vaso. Yo el mío. Y ahí quedó todo. Solo dos personas compartiendo una máquina de café y una conversación de cortesía.
Cuando volví a mi mesa, Marga me miró con interés inmediato.
—¿Y?
—Sabe mi nombre —dije, emocionada.
—Pues quizá deberías preocuparte —interrumpió la metomentodo de la oficina, que como era habitual, estaba en una mesa que no era la suya—. No sé si sabéis que es el nuevo jefe de recursos humanos y se avecinan despidos.
Y por culpa de ese comentario, no dejé de pensar que mi próxima cita quizá sería en la cola del paro.
05
Marcos, 50 años.
«Trabajo por mi cuenta. Me gusta cocinar, salir a cenar y descubrir sitios nuevos. Valoro la tranquilidad, las conversaciones que fluyen y las personas que saben estar».
No me hizo falta que Marga o Lili deslizaran el dedo esta vez.
Con Marcos fui yo quien decidió darle a «me gusta». Solo una bio sencilla, de esas que no prometen demasiado… y quizá por eso mismo, me pareció interesante.
El match llegó rápido.
«Hola, Amanda. ¿Te apetece tomar algo esta semana? », ese fue su primer mensaje.
Directo. Sin rodeos ni emojis innecesarios.
Acepté.
La primera cita fue en un pequeño restaurante italiano que él mismo propuso. Nada moderno, nada excesivamente Pinterest. Llegué unos minutos antes y él ya estaba allí.
Se levantó al verme con una sonrisa tranquila. Hicimos contacto visual sostenido sin resultar invasivo.
—Amanda —dijo, como si ya nos conociéramos de antes—. Me alegro de que hayas venido.
—Yo también —respondí, y esta vez no sonó a protocolo.
La conversación fluyó desde el primer momento.
No hubo silencios incómodos. No hubo monólogos interminables. No hubo necesidad de rellenar huecos porque Marcos escuchaba de verdad, sin mirar el móvil, sin interrumpir, sin esa prisa que tienen algunas personas por terminar la conversación antes de empezarla.
Pedimos vino. Compartimos postres. Reímos varias veces sin que fuera forzado.
Y, por primera vez desde que empecé con todo esto, no estuve deseando salir corriendo.
La segunda cita llegó dos días después.
Esta vez no hubo tanteo.
—¿Te apetece cenar conmigo otra vez? —preguntó él.
—Sí —respondí, sin dudar.
Quedamos en un sitio distinto, más informal. Una taberna moderna, de esas en las que te recomiendan platos con nombres extraños y tú haces como que entiendes todo.
La dinámica se repitió… pero mejor.
Había más confianza, más ritmo, menos necesidad de impresionar. Marcos tenía esa forma de estar que te hacía sentir cómoda sin que tengas que explicarlo.
—Contigo es fácil hablar —le dije en un momento dado.
—Y contigo también —respondió.
No añadió nada más. No hacía falta.
Al terminar, salimos a la calle. La noche era suave, sin ruido excesivo, con esa calma que a veces aparece sin avisar.
Caminamos unos metros en silencio, uno al lado del otro. Antes de despedirnos, Marcos se detuvo.
—Me ha gustado verte otra vez —dijo.
—A mí también.
Hubo una pausa breve. Algo natural. Sin tensión rara.
Se acercó despacio, dejando espacio para que yo pudiera decidir. Y lo hice. Nos besamos.
No fue largo. No fue espectacular. No fue de película. Fue… correcto.
Cuando nos separamos, ambos sonreímos.
Y esta vez, mientras caminaba hacia casa, no había dudas, ni análisis, ni comparaciones.
Solo una sensación tranquila de que, por fin, algo había encajado.
***
Al día siguiente, en la oficina, todo parecía igual. Pero había algo distinto en mí.
—Tienes cara de emoticono feliz —dijo Marga nada más verme.
—Puede ser —respondí.
No quise dar demasiados detalles en aquel momento. Las iba a dejar que sufrieran un rato.
Dejé el bolso en la silla y me dirigí al office para prepararme un café.
Y entonces, desde el pasillo, escuché su voz. Gabriel.
Solo una conversación breve, profesional, con alguien del equipo.
Levanté la vista un segundo, sin buscarlo. Y lo vi de perfil, hablando con naturalidad, sin darse cuenta de que lo observaba desde el office.
No me vio. Ni yo hice nada para que me viera.
Y, por alguna razón, en ese instante pensé en Marcos. Y me resultó suficiente para recordar que, por fin, había una cosa que parecía que me iba a salir bien… Lo cual, viendo mis antecedentes, ya era bastante.
06
Marcos, 50 años.
«Trabajo por mi cuenta. Me gusta cocinar, salir a cenar y descubrir sitios nuevos. Valoro la tranquilidad, las conversaciones que fluyen y las personas que saben estar».
—Por fin vamos a dejar de verte entrar en la oficina con cara de viuda victoriana —dijo Marga en cuanto le conté que había vuelto a quedar con Marcos.
—¡Y ya van tres! —matizó Lili—. Si un tío repite tres veces después de los cuarenta, ya cuenta como relación estable.
No les faltaba razón.
La tercera cita con Marcos fue fácil. Tan fácil que casi me incomodaba.
Fuimos a cenar a un pequeño restaurante japonés cerca del puerto. Nada pretencioso. Solo buena comida, vino y conversación agradable.
Marcos seguía siendo exactamente igual que en las primeras citas: atento sin resultar intenso, divertido sin esforzarse demasiado y con esa tranquilidad rara que empezaba a relajarme.
—¿Qué? —preguntó al verme sonreír sola.
—Nada… que me estaba dando cuenta de que eres normal.
Se rió.
—Gracias, supongo.
—No, en serio. No sabes el mérito que tiene eso ahora mismo.
Aquella noche no hubo beso de película ni confesiones trascendentales. Solo un paseo tranquilo hasta mi coche y un beso lento antes de despedirnos.
Y, por primera vez en mucho tiempo, me descubrí esperando volver a verlo.
***
La cuarta cita llegó pocos días después.
Esta vez en su casa.
—¿Seguro? —pregunté al entrar, más nerviosa de lo que quería admitir.
—Amanda, solo es una cena. No voy a sacrificarte en ningún ritual extraño.
—Bueno, vienes de Tinder. Nunca se sabe.
Marcos cocinó mientras yo fingía ayudarlo cortando verduras de forma completamente inútil. Había música baja, copas de vino y esa sensación cómoda que aparece después de mucho más tiempo.
La conversación fue bajando el ritmo poco a poco. O quizá fuimos nosotros quienes dejamos de hablar.
Me besó en la cocina mientras apartaba un mechón de pelo de mi cara y yo me dejé llevar. Sinceramente, a esas alturas Marga y Lili habrían estado orgullosas de mí.
No fue una noche espectacular de película erótica ni una experiencia mística digna de un podcast sobre sexualidad. Fue mucho mejor. Natural. Cómoda. Pero sobre todo, real.
Cuando desperté a la mañana siguiente, desorientada entre sábanas ajenas, tardé unos segundos en recordar dónde estaba. Marcos seguía dormido a mi lado. Respiré hondo y sonreí.
Porque, después de tantos meses sintiéndome fuera de lugar en mi propia vida, aquello se parecía mucho a estar bien.
***
El lunes entré en la oficina con diez minutos de retraso y una sonrisa de felicidad más que evidente.
—Mírala —susurró Lili nada más verme aparecer—. Esta mujer ya ha conocido el amor carnal.
—Por fin —añadió Marga—. Pensaba que tendríamos que pagarte un profesional.
—Sois repugnantes —contesté, dejando el bolso en la silla mientras intentaba no reírme.
—¿Has hecho arroz sí o no? —preguntó Lili directamente.
Abrí la boca para responder, pero una voz me interrumpió antes.
—Amanda.
Me giré de inmediato.
Gabriel estaba al otro lado de la oficina.
Camisa oscura. Manga remangada. Carpeta en una mano. Expresión tensa.
—¿Sí?
—¿Puedes venir un momento a mi despacho?
Marga abrió mucho los ojos. Lili dejó lentamente la taza de café sobre la mesa. La metomentodo, que no estaba en su mesa y sí en la de Lili, emitió un silbido bajo.
Y yo sentí cómo toda mi recién recuperada paz espiritual se iba directa a la mierda.
07
Amanda, 44 años.
«Me cago en la madre que parió a todos los desgraciados que echáis un polvo y desaparecéis».
Esa sería la bio que me dieron ganas de cambiarme en la app de los…
Después de cuatro citas, una cena, buen sexo y hasta un desayuno con café y porras, decidió desaparecer de la faz de la Tierra.
Ghosting. Así, sin más.
Ni mensajes. Ni memes. Ni un triste «perdona, Amanda, pero me he dado cuenta de que emocionalmente sigo siendo un adolescente. Una ameba con testosterona alta e inteligencia escasa».
Al tercer día sin noticias, Lili ya estaba indignada.
—Pero hubo desayuno después de f*llar, ¿no?
—¡Sí!
—Entonces es delito. Si hay desayuno ya hay vínculo legal— Marga negó con la cabeza mientras removía el café.
—Los hombres divorciados de cincuenta años son como los gatos callejeros. Cuando ven demasiado cariño, se asustan y salen corriendo —espetó Lili.
—Gracias por vuestro apoyo, chicas —murmuré con sarcasmo.
La verdad era que estaba enfadada. Mucho más de lo que quería admitir. No porque estuviera enamorada de Marcos. ¡Aj! No lo estaba.
Pero había algo especialmente humillante en dejar que alguien volviera a entrar en tu vida, para descubrir que podía salir de ella sin ni siquiera molestarse en cerrar la puerta.
Por suerte —o por desgracia—, aquella semana apenas tuve tiempo para recrearme en mi miseria sentimental.
La visita al despacho de Gabriel resultó ser para pedirme ayuda con la reorganización interna del personal administrativo de la empresa, no para despedirme.
Al parecer, alguien llevaba años archivando contratos temporales donde no tocaba, duplicando datos de vacaciones y generando errores en los informes de productividad trimestrales.
Yo no entendía exactamente qué significaba aquello. Gabriel sí. Mucho. Pero necesitaba dos ojos más que le ayudaran a buscar errores.
—Si este Excel estuviera un poco más desordenado, cobraría vida y empezaría a reírse de nosotros —dijo una mañana mientras revisábamos tablas interminables en su despacho.
Lo miré por primera vez con algo parecido a la sorpresa.
Hasta ese momento, Gabriel me había parecido exactamente lo que aparentaba: tosco, serio, ordenado y asquerosamente eficiente. El tipo de hombre que seguramente doblaba los calzoncillos de forma simétrica y los ordenaba por colores.
Pero durante aquellos días encerrados revisando informes descubrí otra cosa.
Tenía humor. Muy seco. Muy escondido. Pero ahí estaba.
También aprendí que tomaba el café sin azúcar, que se aflojaba la corbata cuando llevaba muchas horas trabajando y que tenía la costumbre de golpear de forma suave la mesa con el bolígrafo cuando pensaba.
Detalles absurdos que mi cerebro no tenía ninguna necesidad de memorizar.
El jueves por la tarde yo estaba agotada de todo: de Marcos, de archivadores, del Excel maldito, de las parejas felices que salían en nuestra página web corporativa cada vez que abría una pestaña nueva.
Y de mí misma por seguir abriendo Tinder como quien rasca una herida para comprobar si sigue doliendo.
Gabriel seguía revisando documentos frente a mí mientras yo fingía concentración.
—¿Te pasa algo? —preguntó de repente, sin levantar demasiado la vista.
—No.
—Amanda...
Suspiré.
—Solo es que… Bueno… estoy descubriendo que las citas después de los cuarenta son como un deporte de riesgo.
Eso consiguió que levantara la vista.
—Una mala escalada la tiene cualquiera. No por eso hay que dejar de intentarlo.
Me apoyé en la silla.
—Por supuesto. Pero me parece una guarrada que alguien esté ahí pico y pala preparando la escalada, y que cuando llegue a la cima, se pire sin decir ni Pamplona.
Gabriel mantuvo el gesto tranquilo. Pero noté como se aguantaba la risa.
—Eso dice más de él que de ti.
La respuesta llegó tan rápida que me descolocó un poco.
—Bueno, igual soy inaguantable y nadie se atreve a decírmelo.
Ahí sí que una mínima sonrisa apareció en la comisura de su boca.
—No pareces una persona inaguantable, Amanda.
Y no sabía qué fue peor: si la frase o la forma tranquila y sincera en que la dijo.
Porque no sonó a ligoteo, ni a cumplido ensayado. Ni a frase desesperada de Tinder intentando conseguir un polvo rápido.
Sonó simplemente… honesto.
Y quizá por eso me afectó mucho más de lo que debería.
08
Álex, 30 años.
«Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena».
—¡Treinta años! —repetí mirando el móvil—. ¡Treinta!
—Amanda, cariño, tampoco te ha escrito un estudiante noruego de Erasmus —dijo Lili mientras reponía la cesta del café.
—No, pero ese chico aún iba en pañales cuando nosotras ya estábamos dando nuestros primeros morreos —añadió Marga.
Estábamos las tres en el office, apoyadas junto a la cafetera, observando el perfil de Álex como si analizáramos una prueba forense.
Y lo peor era que el tío era insultantemente guapo.
Sonrisa bonita. Barba de tres días perfectamente calculada. Camisa blanca en una foto, camiseta negra en otra y ninguna en una tercera foto patinando.
—No voy a devolverle el match. Míralo, ¡va en monopatín! —dije, dejando el móvil boca abajo sobre la encimera.
—¿Monopatín? ¡Abuela… se llama skate! Y sí. Sí vas a hacerlo —respondió Lili.
—¿Pero qué voy a hacer yo con un yogurín catorce años menor?
Lili abrió mucho los ojos.
—¡Pues vivir, Amanda! ¡Vivir! ¡Viva el colágeno!
—Además —añadió Marga—, después del ghosting de Marcos el universo te debe unos abdominales bien definidos.
—No todo en la vida son abdominales —bufé.
—No, claro. También están los muslos. Y los brazos… —contestó Lili.
Solté una risa pese a mí misma. Volví a mirar la pantalla.
Álex tenía pinta de oler bien. Y de hacer deporte, mucho. Y seguramente escuchaba podcasts sobre productividad mientras hacía cosas insoportablemente saludables.
—¡Uff! —resoplé—. Demasiado joven. Demasiado guapo. Demasiado todo. Seguro que luego habla usando palabras como bro y me renta—murmuré.
—Pues tú le enseñas palabras de castellano clásico, como pizpireta o ajamonada —se mofó Lili, mientras yo la miraba con cara de asesina.
En ese momento escuchamos un ruido desde la puerta del office. Marga levantó la vista un segundo. Gabriel acababa de aparecer.
—Uy —dijo, sonando de todo menos sorprendido.
Entró tranquilo. Después, de forma deliberada, fingió interesarse muchísimo por la máquina de agua que había junto a la entrada.
Lili me miró con una sonrisa peligrosísima.
—Nosotras nos vamos.
—¿Qué? No, perdona… —susurré, con las palmas de mis manos unidas.
Demasiado tarde.
Las dos desaparecieron dejándome sola con mi móvil, mi café… y un hombre fingiendo leer instrucciones de una máquina que llevaba toda la vida en la oficina.
Gabriel tardó unos segundos en acercarse.
—Bueno, veo que no se te han quitado las ganas de escalar —comentó mientras cogía un vaso de agua.
Lo miré horrorizada.
—¿Cuánto has escuchado?
—Lo suficiente.
—Genial. Ahora pensarás que soy una señora desesperada.
Gabriel apoyó el vaso en la encimera.
—No tienes pinta de desesperada.
Yo lo miré abriendo mucho los ojos. Él negó suavemente con la cabeza.
—Tienes pinta de estar intentando volver a divertirte. Que no es lo mismo.
La frase me pilló completamente desprevenida. Porque otra persona habría soltado una broma. O un comentario sobre el chico joven. O alguna tontería fácil sobre Tinder.
Pero Gabriel no.
Y eso empezaba a resultar un problema. Uno demasiado atractivo, además.
09
Álex, 30 años.
«Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena».
La frase de Gabriel se me quedó rondando por la mente como un post-it mal colocado.
«Tienes pinta de estar intentando volver a divertirte».
¿Divertirme?
Lo repetí mentalmente unas veinte veces mientras intentaba trabajar. Luego otras veinte mientras fingía revisar un Excel. Y otras diez mientras respondía un correo. Porque claro, una cosa es que un jefe te diga algo aparentemente inocente. Y otra muy distinta es que tu cerebro decida convertirlo en un ensayo sobre si ese hombre te está observando más de lo necesario.
—Estás rara —dijo Marga a media tarde.
—Estoy normal.
—No. Estás en modo me niego a echar un polvo con el yogurín y que me parta por la mitad.
—Calla, gilipollas…— reí, tirándole un clip a la cara.
Cuando salimos de la oficina ya era tarde.
El aire fuera estaba fresco, de esos que te despejan… o te empeoran la cabeza.
—Mira —dijo Lili.
Y entonces lo vi. Gabriel estaba en la acera, hablando por teléfono. Serio, como siempre. Chaqueta abierta. Postura tranquila. Pero no estaba solo. Una chica. Joven. Demasiado guapa y dura comparada con las tres abuelas cebolletas que la mirábamos desde la puerta.
Cabello perfecto. Sonrisa alineada. Cerca de él, como si no hubiera espacio entre los dos.
Y entonces pasó. Gabriel colgó. Ella se acercó sonriendo y subieron juntos a un taxi.
—¡Ah! —dijo Marga.
—¡Obvio! —añadió Lili.
Yo no dije nada.
Porque mi cerebro estaba demasiado ocupado haciendo una interpretación absolutamente innecesaria de la escena.
—Bueno —dijo Lili al fin—. Me ha fallado el radar. Este no era para ti.
—Por lo que parece no es para nadie con más de treinta —añadió Marga.
Asentí. Demasiado rápido. Demasiado seco.
—Hasta mañana, chicas. Me voy a casa —dije.
Mentira. No fui a casa. Di match a Álex. Sin pensar demasiado entré al chat.
«¿Puedes quedar hoy o los centennials tenéis la agenda muy llena?».
Respondió en dos minutos.
«Tengo un hueco. ¿Cerveza?».
Y acepté. Porque a veces uno no toma decisiones. A veces simplemente reacciona.
***
Álex era exactamente lo que había visto en las fotos. Demasiado joven, demasiado guapo y seguro de su cuerpo. Yo, sin embargo, me atormentaba pensando qué ropa interior había escogido esa mañana.
—Tienes cara de cabreo bonito —me dijo al saludarme.
—¿Eso existe?
—Claro. Es cuando alguien está enfadado pero sigue siendo interesante.
No supe si era un piropo o una puya, pero decidí no analizarlo.
Fuimos a una feria de cervezas artesanales. La conversación fluyó rápido tanto como la cerveza. Y luego vino el segundo sitio. Y después la mano en mi cintura al cruzar la calle.
Y por último… yo dejando de pensar.
El piso de Álex era pequeño y desordenado de forma encantadora. No pude evitar doblar una camiseta que yacía sobre el respaldo del sofá.
—Perdón… Debo parecerme a tu madre —respondí sin pensar en lo que acababa de decir.
Eso le hizo reír.
—Ni de coña. Mi madre no me pone nada.
Y reí también.
No hubo grandes discursos. No hubo promesas. No hubo nada que pudiera estropearse con palabras. Solo dos personas dejándose llevar.
Cuando desperté, el sol entraba por una persiana mal cerrada. Cogí mi ropa y mis zapatos y me vestí junto a la puerta, por la que salí unos minutos más tarde. Sin ruido, solo la respiración de Álex al dormir.
En la oficina, un rato después, Marga me miró antes incluso de que dejara el bolso.
—¿Qué tienes que contar? ¿Dónde cenaste ayer?
—Por ahí.
—No has dormido en tu casa. Te recuerdo que puedo ver tu localización por el móvil.
—¿Si lo sabes para qué preguntas?
Lili levantó la ceja.
—¿Con el del skate?
No respondí. Fijé mi vista a la puerta del ascensor. Allí estaba él. Gabriel. Hablando con alguien. Serio. Correcto. Inalcanzable como siempre.
Entró en el office. ¿Por qué esa costumbre de venir aquí si en la tercera planta deben tener café con oro? No le di más vueltas y fui a por un café.
10
Álex, 30 años.
«Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena».
El móvil vibró antes incluso de que pudiera encender la cafetera.
Álex.
«¿Te has ido así, sin más?».
Segundo mensaje.
«Podríamos repetir… pero esta vez sin huidas».
Y otro.
«Me gustaría verte otra vez».
Me quedé mirando la pantalla unos segundos demasiado largos. Y sonreí. No una sonrisa grande. Más bien una de esas que salen sin querer. Vamos, cara de gili..
—Hoy tienes que ayudarme de nuevo, Amanda —dijo Gabriel, con tono seco, desde la barra, con su café en la mano.
—Pero Astrid, de documentación, me ha pedido que le eche una mano con las bases de datos.
—Ya hablaré con ella si hace falta. Hoy necesito que estés conmigo. Acaba tu café, guarda el móvil y sube a mi despacho.
No me dio opción a réplica. Salió sin ni siquiera mirarme.
***
El despacho de Gabriel seguía igual que siempre.
Ordenado. Silencioso. Demasiado limpio. Él estaba de pie, revisando unos documentos sujetos sobre una de las tres pizarras de corcho de la estancia.
Cuando entré, no levantó la vista de inmediato.
—Necesito que revises eso —dijo, señalando el ordenador sin mirarme aún.
—Vale.
Parecía más serio que de costumbre. Me senté en la silla pero entonces se detuvo. Como si de repente hubiera olvidado qué me había pedido exactamente.
—O… esto también —añadió, mostrándome una carpeta.
Silencio. Yo miraba la pantalla. Él miraba la pizarra y, a diferencia de otros días más productivos, hoy solo movía papeles de un sitio a otro.
—¿Todo bien? —me atreví a decir al final.
—Estoy cansado, eso es todo.
Volvió a cambiar de pizarra.
—¿Has dormido poco? —pregunté, sin que se notara que yo seguía pensando en la guapa chica con la que se subió en un taxi.
Se detuvo. Solo un segundo, aunque pareció más tiempo. Entonces giró la vista.
—¿Por qué lo dices?
Encogí un hombro.
—No sé. Es lo que se suele preguntar —dije, intimidada por su seriedad.
Silencio. Demasiado largo. Demasiado denso.
—No —respondió al final—. He dormido bien.
Pero no sonó como alguien que hubiera dormido bien. Sonó como alguien que no quería hablar del tema. Y eso, me dio más curiosidad de la que debería.
—Entonces —dijo cambiando de carpeta otra vez—, te encargarás de…
—Gabriel…
—¿Sí?
—¿Tienes claro lo qué quieres que haga?
Y por fin me miró a los ojos.
—Estoy decidiéndolo aún —dijo.
Asentí lentamente.
—Aja.
Y justo cuando me giré hacia el ordenador, el móvil vibró varias veces seguidas sobre la mesa.
Álex.
—Guarda el móvil. Es la segunda vez que te lo digo —respondió él.
Y algo en la forma en la que me lo dijo no era administrativo.
A la hora de comer volví a mi mesa con una sensación incómoda en el pecho. El móvil volvió a vibrar. Álex otra vez.
«Hoy no dejaré que desaparezcas sin explicación».
Desde el otro lado del pasillo, noté la mirada.
Gabriel.
No sabía si me estaba mirando a mí. O a la cara de boba que no había conseguido esconder de nuevo.
Pero algo en su mirada no era igual que días atrás.
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Álex, 30 años.
«Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena».
Salimos de la oficina las tres juntas. Lili propuso ir a cenar algo rápido a una pizzería cercana.
—Lo siento. He quedado, chicas.
—¿En serio? No nos has podido contar nada hoy del chaval y ahora te vas y ¿nos dejas así? —se quejó Marga.
—Déjala que disfrute, así podrá darnos envidia mañana —dijo Lili.
—Vaya, vaya. No va a ser la única que disfrute hoy. Alguien más también repite —Marga levantó su barbilla hacia la acera de enfrente.
Allí estaba otra vez la chica joven y guapa de ayer. Y allí estaba otra vez Gabriel acercándose a ella. Cruzando el paso de cebra y quitándose las gafas de sol. Iniciando una sonrisa amplia (y preciosa) de las que no dejaba ver en la oficina.
La chica correspondió a ese gesto dándole un gran abrazo cuando llegó junto a ella.
Pararon un taxi.
No pensé. Juro que no racionalicé para nada mi conducta y fue un acto espontáneo, pero paré un taxi que pasó poco después. Casi ni me despedí de las chicas y subí.
—Sigue a ese taxi —ordené al conductor.
—¡No jodas! Siempre he querido que me pasara esto —dijo el hombre, emocionado—. ¿Quién es? ¿Su marido? No, no… ¿Un amante?
—Mi jefe. Es algo estrictamente profesional —mentí.
—¡Vaya! —añadió decepcionado.
Pararon poco después, frente a la entrada de un parque. El más grande de la ciudad, nuestro pequeño pulmón verde.
Los perseguí a una distancia prudencial. Me recogí el pelo y me coloqué las gafas de sol. Para hacerme con el kit completo, compré un diario en el quiosco.
Estaba yo bonita haciendo ver que me leía el Marca en un banco…
La chica se descalzó y comenzaron a pasear por la hierba. Gabriel se quitó la americana y se desabrochó el primer botón de su camisa. Reía, reía todo el tiempo. Y cada sonrisa de él conseguía que más tonta me sintiera yo.
¿¡Qué leches estaba haciendo allí viendo como él y su joven y guapa novia paseaban por un parque!?
Mi móvil vibró.
«Ayer, cerveza. Hoy, cata de vermut. Si en cinco minutos no me has contestado me autodestruiré en cinco, cuatro…».
Otra vez esa cara de lerda. Tiré el Marca a una papelera y llamé a Álex.
Quedamos cerca de donde estaba, así que decidí darme una caminata.
Probamos varios vermuts. Hablamos de nuestros años de estudiantes, de nuestras fiestas. Y confirmé que daban igual los años de diferencia. La juventud y el pavo es igual para todos, nazcas antes o después.
Cenamos algo rápido en una food truck con la urgencia de llegar a su casa. Y sí, me dieron igual las camisetas tiradas sobre el sofá. Los vasos en el fregadero. La única urgencia fue quitarnos la ropa y recorrer el cuerpo del otro. Álex me hacía sentir poderosa, una diosa cabalgando un caballo desbocado. Y aunque suene a novela rancia, así era.
Volvimos a comer algo. Volvimos a besarnos y a empezar de nuevo. Nunca había tenido una noche así.
Me quedé dormida sobre su pecho, exhausta de energía y cargada de autoestima. Álex era el tío más estupendo que había conocido en mucho tiempo. Y no, no es que me pillara o pensara que de ahí iba a salir algo. Creo que el bajarle mucho a las expectativas fue precisamente lo que hizo que entre Álex y yo las cosas fluyeran.
Por primera vez en la vida entendía eso de tener una persona con la que desfogarse, sin esperar nada más.
Por la mañana me preparó café y tostadas. Nos besamos de nuevo, con temor a no poder parar y repetir una vez más.
Pasé por mi casa a darme una ducha y cambiarme de ropa y salí corriendo a la oficina. Tenía tanto que contarles a Lili y Marga que fui haciéndome un esquema mental para no olvidar ningún detalle.
Llegué a mi puesto y dejé el bolso en la silla. Cuando fui a encender el ordenador me fijé en algo que había sobre mi mesa. La edición del Marca de aquel día con un post it.
«Como veo que te gusta la prensa deportiva, hoy te lo compro yo.
G.».
Me cago en mi put* vida. Había perseguido a Gabriel por media ciudad… y él lo sabía desde el minuto uno.
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Álex, 30 años.
«Arquitecto. Café por la mañana, gimnasio por la tarde y vino si la conversación merece la pena».
A esas alturas negar la evidencia no iba a servir de nada.
Mi reacción fue coger el Marca e irme al office. Como era habitual, Gabriel no estaba tomando café en la tercera planta —la de los dioses del olimpo corporativos— él disfrutaba más en la planta de los asalariados. Quizá era una especie de fetiche.
Entré en el office y tiré el diario sobre la mesa. Casi volqué su taza con la fuerza con la que el periodoco golpeó contra la superficie.
—Ya sé que lo sabes. Es una especie de castigo o ¿de qué va esto? —dije con chulería (fingida).
Gabriel levantó la cabeza, pausado, con toda la calma del mundo. Y me miró de una forma tan penetrante que consiguió que toda aquella seguridad (fingida) con la que entré se esfumara de un plumazo.
Si hubiera sido un cachorrillo hubiera huido con el rabo entre las piernas escondiéndome bajo mi mesa todo el resto del día, o de la vida. No lo supe muy bien.
—Cuando alguien quiere saber algo lo más eficiente es preguntar —dijo, sin apartar la vista.
Yo sí lo hice. Bajé la cabeza como si fuera la alumna a la que el profesor acababa de reñir.
—¿Hay algo que quieras saber? —preguntó con ese tono de voz tan firme y sereno.
Yo solo negué con la cabeza baja y salí del office con más vergüenza que prisa.
—¡Ay, madre! —dijo la metomentodo de la oficina cuando llegué a mi mesa—. ¿Te ha echado?
—¡No, Marimar! No me ha echado. Y si no te importa levantarte de mi silla…
—¿Y qué te ha dicho?
—Que van a empezar por despedir a los que nunca están en su puesto de trabajo.
Marimar sí se fue con más prisa que vergüenza.
Marga y Lili me miraban con los ojos bien abiertos. Expectantes.
Les conté todo lo que aún teníamos pendiente sobre la primera cita con Álex. Mi aventura en el taxi, el parque y mi noche con el joven arquitecto. El colofón, como no, fue cuando les enseñé el post it que estaba sobre el diario.
—Disculpa si me hace gracia, pero es que es como una peli —dijo Marga, después de reírse en mi cara.
—¡Aquí lo importante es que has pasado dos noches con el chavalín! —añadió Lili mientras aplaudía.
—No es un chavalín, tiene treinta años.
—¡Perdona!, si eras tú la que decía que era demasiado joven.
—Bueno, Lili. Pues después de conocerlo más…
—¡Ay, no!… ¡Te gusta! —afirmó Marga.
—¿Qué?... ¡No! —grité más alto de lo esperado.
Mi móvil vibró y Lili leyó la notificación.
—Dice el colágeno que ha sido la mejor noche de su vida y está esperando repetir hoy, pero que quizá no aguante tanto esta noche.
Las dos me miraron fijamente. Y aunque lo intenté, mi cara me delató. Una sonrisa tonta se me dibujó ante esas palabras.
—Dame eso —bufé, arrancándole el móvil de sus manos.
—¡Basta de cháchara, señoras! —se oyó detrás de nosotras. Gabriel estaba mirándonos con los brazos cruzados—. ¡Amanda, a mi despacho!
Y lo que menos me apetecía en aquel momento, por raro que parezca, era pasar la jornada laboral con él. Aquel día no.
Me ordenó qué debía hacer y me puse a ello de forma eficiente, casi sin levantar la mirada de los papeles. Él, en cambio, pasó el rato asomado a su enorme ventanal, dándome la espalda.
—¿No tienes nada que revisar? —me atreví a preguntar.
No me contestó, solo negó con la cabeza, sin girarse.
El aire del despacho era diferente. Mis nervios, mi vergüenza y mi ego herido sobrevolaban por el ambiente pero había algo más que no sabía descifrar.
Se oyó la vibración de mi teléfono que reposaba, boca abajo, sobre el escritorio.
—Nada de teléfonos, Amanda. Te avisé ayer.
Lo dijo con un tono tan seco y cortante que escoció.
Segui mirando los informes casi sin respirar. Otra vibración. Gabriel suspiró. Una exhalación fuerte y sonora que empaño el cristal. Otra vibración más.
—Míralo, quizá es algo importante.
Lo hice, por si acaso era del cole de mis hijos, pero no. Era Álex. Un selfie desde su despacho. ¡Qué bien le sentaba el traje! Y un mensaje quejándose de porqué no le había contestado aún a lo de esta noche.
Otra vez esa sonrisa idiota.
—Ya basta. Vuelve a tu puesto, mejor. Llevas unos días que no estás centrada en nada.
—¿Yo? —susurré para mí.
—Quizá hay algo que no te deja descansar por las noches —bufó.
Cogí mis cosas y salí, deteniéndome bajo el marco de la puerta y girándome hacia él.
—Cuando alguien quiere saber algo lo más eficiente es preguntar.
Me di media vuelta y me fui.
Si él me vio ayer mientras le perseguía podría ser porque quizá no estaba tan pendiente de su joven cita.
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